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Dos caminos (1953)

Por Dqvlapeli Blog - De qué va ... - 21/07/2019

Dos caminos (Arturo Ruiz-Castillo, 1953)

blog Dos caminosAl tiempo que se firman los acuerdos de colaboración militar con Estados Unidos, Arturo Ruiz-Castillo realiza Dos caminos, a partir de un guión de Clemente Pamplona que aborda el tema de la guerrilla antifranquista por primera vez en el cine español. En un rincón de España (Jerónimo Mihura, 1948) nos había acercado ya al axioma franquista de que quien no tuviera “las manos manchadas de sangre” podía regresar a España sin ningún temor. En este caso, los protagonista son dos vencidos, el que está dispuesto a seguir en España acogiéndose a la bondad del régimen y el que opta por el exilio, que realizará el camino de regreso con la idea de seguir combantiendo. El reencuentro entre ambos con el que se abre película se resuelve en una batalla dialéctica, que Miguel (Ruben Rojo), el guerrillero, plantea en términos de renuncia a los viejos ideales, y Antonio (Ángel Picazo), el médico rural, en una defensa cerrada de la paz, la familia y la tranquilidad.

Un doble flashback muestra que ninguna de las dos posturas está exenta de tensiones. En Le Perthus sus destinos se separan cuando Antonio salte del camión en el que huyen a Francia para entregarse al ejército vencedor. Su voz omnipresente guía la lectura de una narración que elude su encarcelamiento y el proceso de depuración, para situarse directamente en el momento en que regresa a su pueblo ara ejercer su profesión y es recibido con hostilidad por todos, salvo por la sobrina del alcalde (María Luisa Abad), con la que terminará formando una familia una vez que haya pasado esta esta segunda purga. La escena en que los partisanos lo sacan de su casa al amanecer para que atienda a Miguel, sirve de bisagra al relato de éste, carente de la tutela de la narración en off. Aquí son las imágenes las que hablan con elocuencia de la traición del gobierno francés, que ha prometido acoger a los combatientes republicanos y los hacina en campos de concentración. Un largo travelling por los cuerpos ateridos en la playa de Argelès-sur-Mer queda sarcásticamente contrapunteado por una retransmisión radiofónica en la que una voz con acento francés elogia la excelencia de la acogida a los combatientes allende los Pirineos. Sin embargo, como ocurrirá en Embajadores en el infierno (José María Forqué, 1956), el auténtico villano de la función es un militar comunista español (José Nieto). La saturación de sentido de este segmento, lleva a los guionistas a poner entre los prisioneros a Antonio Machado —o a un poeta enfermo que recita su poema “Orillas del Duero”— en un alarde de imprecisión histórica que sólo justificarían la licencia poética más caprichosa o un aprovechamiento ideológico indigno del pasado republicano de Arturo Ruiz-Castillo. Que esta lectura satisfizo al Régimen queda demostrado por el Interés Nacional y la recompensa económica que esta calificación llevaba asociada.

La inaccesibilidad durante muchos años de La ciudad perdida (Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1955), ha propiciado la comparación superficial de ambas a tenor del protagonismo en ambos casos de guerrilleros antifranquistas. Sin embargo, las coincidencias son más profundas. Tanto Miguel como Rafa (Fausto Tozzi), el protagonista de la película de Alexandre y Torrecilla, regresan a España con la excusa de una misión, pero aquejados de un fatalismo romántico. En esta oacasión están todos los pasos que conducen al reencuentro: el asesinato de un soldado senegalés, la huida gracias a la ayuda de Marcelle (María Asquerino), la asunción de la personalidad de un compañero muerto en el campo (Juanjo Menéndez), la nueva toma de contacto en un cafetín portuario con el militar español y Janos (José Sepúlveda), el comisario político húngaro o soviético que comandará la invasión de España al finalizar la II Guerra Mundial… Incluso, las acciones un tanto confusas en la Resistencia durante la ocupación de Francia, con regusto a novela de a duro, con sus oficiales alemanes de cartón-piedra y su prostituta de buen corazón (Trini Moreno).

El reencuentro de los compañeros significa el reconocimiento de su derrota y su equivocación por parte de Miguel. Si atendemos únicamente a esta moraleja, tendríamos que mostrarnos de acuerdo con Román Gubern cuando escribe que "era una llamada a la sumisión de los vencidos que persistían en luchar por la democracia, mostrando como contraste la pacífica integración ciudadana y profesional de los dóciles". Sin embargo, son tantas las tensiones que alientan en la película, tanto lo sobreentendido y lo elidido -ese "ellos" con el que se alude a los comunistas sin nombrarlos jamás-, que la evidente operación de propaganda anticomunista que pudo ser en el momento de su estreno, se nos antoja hoy una cosa bien distinta.

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