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Confidencias de un marido (Francisco Prósper, 1963)
1963 es el año de la eclosión del Nuevo Cine Español. Mario Camus, Manuel Summers, Antonio Mercero, Francisco Regueiro, Antonio Eceiza y Jesús Fernández Santos -procedentes todos del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas- debutan en la dirección cinematográfica. Si Summers destaca por un estilo ya cuajado como humorista gráfico, Mercero lo hace por su adscripción al cine de humor sin palabras. Son las unicas excepciones en un panorama en el que dominan los problemas generacionales y los temas graves. O no, porque también está Francisco Prósper.
El de Prósper es un caso especial porque pasa por la Escuela de Cine con una amplia experiencia como constructor y decorador cinematográfico, especialidades que lleva ejerciendo profesionalmente desde 1949. Pero su práctica de diplomatura, El señorito Ramírez (1960), tiene una frescura que la hace destacar entre otras más formalistas o ambiciosas y César Fernández Ardavín le ofrece la oportunidad de realizar su primer largometraje. Con intención de que no haya resquicio para el fracaso, se recurre al humorista Noel Clarasó -colaborador de La Codorniz y guionista de televisión- para que construya un libreto en torno a la guerra de sexos a partir de una pareja de recién casados, que inicia su vida en común con apreturas de clase media. Clarasó ha probado la fórmula con éxito en la pequeña pantalla con la serie Tercero izquierda (Fernando García de la Vega, 1962), en la que José Luis López Vázquez interpreta a Juan Pérez García y Elvira Quintillá a Catalina. En su paso a las salas cinematográficas la sustituye Amparo Soler Leal. Como los episodios televisivos se hacen en directo y duran quince minutos, la película se construye a base de breves viñetas humorísticas para las que lo mismo sirve una criadita miedosa (Enriqueta Carballeira) que una desquiciada cena con unos americanos. Éstos, claro, representan un progreso que no conduce al desarrollo personal y al binestar, sino a la deshumanización. En las escenas del chalé en el campo Prósper intenta sacar partido al espacio en que se desarrolla la acción, como en otras ocasiones recurre al ritmo y a la gestualidad de los comediantes en lugar de descansar en el diálogo. A pesar de algún apunte de corte dramático –en torno, sobre todo, al embarazo de Catalina que constituye el núcleo del tercer acto-, en la cinta prima una comicidad que busca la adhesión del público mediante eso que hoy llaman "micromachismos" y que el productor y el guionista ponen por delante al dedicar la película "a todos los sufridos maridos del mundo", ésos que son incapaces de hacer una tortilla, pero a los que su mujer les saca hasta el último céntimo de los ahorros para trapitos.