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El enorme parecido físico entre una extrovertida cantante andaluza y una reprimida joven mexicana les lleva a intercambiar sus papeles.
Piernas cruzadas (Rafael Villaseñor Kuri, 1983)
Todavía a la altura de 1983 continúan vigentes todos los tópicos de las coproducciones hispano-mexicanas de cuando Cesáreo González embarcaba a Lola Flores en aventuras transatlánticas. Con sus características específicas, claro. Para empezar, el protagonismo de Alfredo Landa en un papel -el de padrino o tío de la artista- que en otros tiempos solía encarnar Florencio Castelló sin necesidad de impostar el acento andaluz porque era sevillano de pura cepa. Luego, el doble coprotagonismo de María José Cantudo, que interpreta a la dicharachera artista andaluza y a una atribulada joven mexicana agobiada por la estricta vigilancia de su madre. En tiempos pasados, la andaluza hubiera cantado unas bonitas coplas de nostalgia española, pero a estas alturas del partido los números musicales resucitan los cuplés picarescos de los años veinte, como hiciera La Coquito (Pedro Masó, 1977), aprovechando la fama cosechada por la andujareña con motivo de sus desnudo en La trastienda (Jorge Grau, 1975). Y así se van desgranando con arreglos de Gregorio García Segura, los acordes de "La pulga", "Los caracoles" o el del babilonio de La corte del faraón. Y llegamos así al meollo de la cuestión, porque tanto la estructura como la puesta en escena, pasando por las escenas cómicas, se ciñen al esquema de la revista musical, con Landa adelantándose al proscenio -el objetivo de la cámara- para "colocar" sus chistes. La operación está orquestada por el propietario de Producciones Internacionales de América, S.A. (PIASA) -a decir de Landa en sus memorias, personalmente interesado en la carrera azteca de la Cantudo- y Blau Films, una empresa valenciana que incursionó en este campo de las coproducciones favorecidas por Margarita Portillo, responsable de asuntos cinematográficos bajo el mandato de su hermano como presidente de México.